domingo, 18 de enero de 2009

"Vosotros brilláis en el tierra como estrellas (planetas) en el cielo" Filienses 2,16

No prentendo llevar la contraria a San Pablo (Dios me libre).. más creo que el testimonio de vida cristiana se asemeja más a un planeta que a una estrella.

Los que me rodean conocen mi afición por las estrellas, y en varias ocasiones me han preguntado al atardecer: ¿Cuál es esa estrella que brilla tanto?; encontrando cierta sorpresa en la respuesta: no es una estrella, es un planeta.
En efecto, los que más brillan en la oscuridad de nuestro cielo son planetas. ¿El motivo? La distancia (mientras que la distancia a las estrellas se mide en años luz, el sol se encuentra a una distancia de la tierra de solamente 8 minutos luz; se trata, pues, de una diferencia evidente).
Los planetas, no tienen luz propia, no ostentan la potencia de su interior, no pueden presumir de crear nada en sus adentros... pero, en esa humildad hallan más brillo que cualquiera de las demás estrellas, puesto que se encuentran cerca del Sol (cerca de Dios) y reflejan la luz de mismo... eso es lo que vemos en ellos: el reflejo de la luz del Sol.

¿No creéis que esa es la encomienda de todo cristiano?, reflejar la luz del Sol, aún sin tener, ni buscar, luz propia.

martes, 6 de enero de 2009

EPIFANÍA - ESPECTROSCOPÍA

Hoy es el día de la Epifanía del Señor, manifestación del mismo, encuentro con un Dios hecho carne... Esto me recuerda, inevitablemente, a las palabras que alguien me dirigió: " quizás tú seas la única página del Evangelio que alguien logre leer"... ¡es una gran responsabilidad!, la epifania de nuestro Señor pasa también por nuestras manos.

Y os preguntaréis... ¿y la espectroscopía? Bien, la espectroscopía es una técnica que nos ayuda a leer la luz: a descubrir sus secretos, sus enigmas, a poderla leer, interpretarla... Para ello situamos entre la luz y su lector algo que nos ayuda a separar sus frecuencias (igual que la gota de agua lo hace con el arco iris)... Ese, creo es el papel que nos toca interpretar, el papel del que se pone frente a la Luz, no para interponerse a ella, sino para que, dejándola pasar en su plenitud, ayudemos a interpretarla, para que nuestra persona sea un instrumento de lectura. Pero para ello, siempre se debe permanecer en la Luz y, lejos de manipularla o de obstruirla hay que dejar que pase por nuestro ser y que lo que se lea sea la misma, y no nuestra persona.